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	<title>Juan Haro Rodríguez &#187; temores</title>
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	<description>experimental processed guitar tracks, ambiental songs, short stories, photography, relatos cortos, fotografía</description>
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		<title>¿Y ahora qué?</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Jun 2009 00:28:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Haro Rodríguez</dc:creator>
				<category><![CDATA[memories]]></category>
		<category><![CDATA[afecto]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
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		<category><![CDATA[fin]]></category>
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		<description><![CDATA[Antes de convertirse en adultos, cuidaron un perro doméstico, hamsters o ratas, un par de gatos siameses y hasta un hurón que desapareció una mañana cualquiera con uno de los hamsters en la boca. Aquella rata volvió a su jaula, pero del hurón no se supo nada más.
En su habitación comentaban el día después de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="margin-bottom: 0cm;">Antes de convertirse en adultos, cuidaron un perro doméstico, hamsters o ratas, un par de gatos siameses y hasta un hurón que desapareció una mañana cualquiera con uno de los hamsters en la boca. Aquella rata volvió a su jaula, pero del hurón no se supo nada más.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">En su habitación comentaban el día después de la televisión; entre el toque de queda y el zumbido de la mosca del sueño.<br />
Coches a control remoto y muñecas; videojuegos y maquillaje desparramado por la cara; charlas por teléfono y partidos de fútbol. Nada de éso. Y sus padres sospechaban. Y la comida se enfriaba.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">En las fotografías, en los vídeos caseros y murales a base de recortes. Allí colgaron sus roles.<br />
Antes de la pelusa en la cara y de la vergüenza con la primera menstruación.<br />
Uno de ellos preguntaba y esperaba la respuesta. La respuesta llegaba en la siguiente pregunta.<br />
Antes de todo ésto: ya conocían la <em>separación</em>.</p>
<p style="margin-bottom: 0cm;">Una vez viajaron juntos en coche. Se preguntaban donde les dejaría tirados aquella vieja cafetera, no hasta dónde les llevaría. Ambos cruzaban los dedos. <em>Lejos</em>.<br />
Dos billetes de ida y vuelta se quedaron en alguna papelera, saliendo de la estación.<br />
El viaje era como una de esas charlas de medianoche. Pero sin toque de queda.<br />
Antes del destino y como el momento en que la chispa de un mechero roza el gas: la llama. Entre lágrimas ella pronunció <em>universidad</em>. Con la piedra pedernal en la garganta, él siguió conduciendo.<br />
Durante el viaje, paisajes y pueblos quedaban atrás. Más tarde volverían a cruzarse con ellos para ignorar todo aquello.</p>
<p>El porqué era silencio, humo denso que asfixiaba e irritaba los ojos. No había destino al cual llegar, así que abrieron las ventanillas. Ahora el destino era prolongar ese momento.<br />
Se detuvieron un par de veces. Era mediodía y sus estómagos rugían. Encontraron uno de esos restaurantes de paso, alejados de cualquier núcleo urbano. Lejos de casa; descruzaron los dedos.<br />
En cada parada pensaban en lugares aun más lejanos, tan lejanos que ni la casualidad podría alcanzar. Mientras masticaban un filete y éste se convertía en una bola intragable; cada uno imaginaba aquel lugar.</p>
<p>Otra parada. Ésta, la última, fue al atardecer. Un pequeño pueblo donde la gente seguía con la mirada cada movimiento suyo. Un diminuto pueblo envejecido. Se preguntaban si allí cabía lugar para el azar, semejante a cuando encuentras un conocido en tus vacaciones por mitad de una isla perdida en un inmenso océano. Pero ya anochecía y el pueblo se recogía en sus hogares.<br />
De vuelta. Las miradas continuaban clavadas en la chapa del coche. Se esfumaron con la humedad de la noche.</p>
<p>El humo desaparecía, pero volvía cuando la corriente cesaba y alguna palabra se quedaba flotando dentro. Motas de polvo y aroma a ambientador de pino. Entonces la rosca arañaría la piedra. De nuevo la llama. De nuevo, hasta arder completamente. Hasta perder todo el gas y caer dormida en el asiento.<br />
Soñando. Aparecía un colaborador de un programa de baja audiencia. Vestía formal y usaba infinidad de palabras de la <em>A</em> a la <em>Z</em>, con gran facilidad. Era su hermano. Aunque envejecido y de aspecto huraño. Más tarde despertó. Habían llegado.</p>
<p>Aquel día quedaría guardado en algún diario. En algún recuerdo para el devenir.<br />
En el manifiesto, en su primer punto; en los antecedentes de un proyecto futuro que ambos conocían, pero del cual no habían hablado; ni lo harían – al menos todavía &#8211; : no era necesario.</p>
<p>Al llegar a casa la conversación giraba entorno a la <em>distancia</em>. <em>Tabú</em>. Sus padres tomaban caldo de pollo; una mezcla de orgullo y tristeza les delataba en cada sonoro sorbo. La sopa se enfriaba.<br />
Él hablaba de <em>espacio</em>, pero ella añadió <em>tiempo</em>. Después las visitas se espaciaron.</p>
<p>Seguirían buscándose. En hijos de otros padres. Hermanos de otros hermanos. Y así hasta reencontrarse en días libres. Días de libre disposición. Días de vacaciones. Jubilación anticipada.</p>
<p>Después, al dejar de ser adultos y cuidar de sus nietos.</p>
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		<title>Las falacias de la artificialidad efervescente</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Apr 2009 22:57:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Juan Haro Rodríguez</dc:creator>
				<category><![CDATA[memories]]></category>
		<category><![CDATA[carroña]]></category>
		<category><![CDATA[decadente]]></category>
		<category><![CDATA[ego]]></category>
		<category><![CDATA[noche]]></category>
		<category><![CDATA[relaciones]]></category>
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		<category><![CDATA[temores]]></category>

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		<description><![CDATA[Debía pagar su rendición, la derrota, ese era el precio de la deshinibición temporal.
Se habían acercado a él como hienas, buitres que acechan carroña. Era un blanco fácil, aquel que criaba indecisiones.
Unas insinuaciones bastaron para clavar sus propósitos en él. No sentía el dolor, todo lo contrario, sentía el placer de la compañía, de encontrarse extrañamente arropado entre tanta muchedumbre.
El cebo infectado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Debía pagar su rendición, la derrota, ese era el precio de la deshinibición temporal.<br />
Se habían acercado a él como hienas, buitres que acechan carroña. Era un blanco fácil, aquel que criaba indecisiones.<br />
Unas insinuaciones bastaron para clavar sus propósitos en él. No sentía el dolor, todo lo contrario, sentía el placer de la compañía, de encontrarse extrañamente arropado entre tanta muchedumbre.</p>
<p>El cebo infectado ya había sido mordido y el anzuelo se había introducido hasta lo más profundo de su ser.<br />
Le susurraron al oído : &#8220;<em>regocíjate en tus miserias, mientras te susurro dulcemente al </em><em>oído</em>&#8220;. Sonrojado, con una tímida sonrisa intentaba disimular la excitación que efervescia en su interior.</p>
<p>Se mostraba en deuda con sus captores, síndrome de Estocolmo podría llamarse a ese estado que estaba comenzando a hacer mella en él. Deseaba intensamente que todas sus noches fueran como aquella, y que no acabasen con el imponente alba.</p>
<p>Anestesiado, las fragancias florales se entremezclaban con fuertes olores corporales, las luces destellaban creando instantáneas en cada rostro de la multitud, una caja de resonancia estimulante y atronadora daba las ultimas pinceladas a aquel patético lienzo.</p>
<p>Observando aquella fantasía, parecía como si su ego fuera creciendo, aumentando de forma desmesurada su tamaño, desbordándose. &#8220;<em>Control, auto-control</em>&#8221; se repetía de forma incesante, hasta que convulsionó violentamente. Estalló en agrios vómitos, mientras intentaba articular algunas palabras ininteligibles.<br />
Traicionado, había mordido el anzuelo e inútilmente se agitaba mientras era incapaz de unir cabos que le devolvieran a su añorada realidad.<br />
Sus temores atacaban con crueldad, éstos hablaban de como se desharían de él, ya que era inútil seguir consumiendo su debilidad. Escuchaba aquello como un espectador autista, resignado a ser desechado, desaparecer.<br />
Fuera de sí, arrastrándose sobe el suelo pegajoso, cristales, colillas humeantes, sangre reseca. Agarró fuertemente con sus manos, clavando sus uñas y rasgando unas finas medias oscuras.</p>
<blockquote><p>Sin objetivos, derrotas mi paciencia. Desgraciado es aquel que miente para llevarte a su terreno y lograr convencerte de lo importante que eres. Desgraciado aquel que se deja convencer de ello, porque acabará revolcándose en mierda.<br />
Vecinos de la irresponsabilidad con trajes espectaculares gritan tu nombre con un tono seductor, insinuante.<br />
De las miserias del ser y del llegar a ser nació el ocio renacido en enmascarado y podrido vicio. Mentes moldeadas en barro se derriten y después se buscan en los lamentos de la confianza. Han destruido la siesta del atardecer y ahora quieren robar las visiones acarameladas de mis fantasías. No puedo mostrar afecto, mucho menos compasión por ellos. Son eslabones perdidos, generaciones perdidas de influyentes perdedores con aires de grandeza .<br />
Es inevitable, recibirán duros golpes y deberé pagarles la ortodoncia. Espero que se den de bruces contra los muros de indiferencia que ellos mismos han levantado y después de eso aguardaré el cambio.</p></blockquote>
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