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Amor al destino plástico

Un carrito sin bebé llora sin consuelo, le han arrebatado la fuerza, se han llevado el aroma a recién nacido y nadie quiere empujar de él.
Lo encontramos entre desechos, sirve de cobijo para alimañas, reptiles y carroñeros. Sus ruedas parecen recordar tiempos mejores, paseos en parques y tardes donde las horas pasaban lenta y apaciblemente.
Un muñeco bebé de plástico mugriento le habla del fin de sus días. Del retorno a la esencia y de pilas gastadas, corroídas por la humedad. Él tampoco puede moverse, los desechos le atrapan y arropan. Sobresale medio cuerpo y una cabecita con un solo ojo. De vez en cuando vomita una sustancia negra y viscosa, acto seguido se duerme.
Se podían escuchar personas correr por aquellas montañas de lo abandonado, de sucia basura. Hablaban con un tono de voz elevado, casi gritando, parecían divertirse. Al cabo de unas horas desaparecían, junto con las esperanzas del carrito al llegar la noche, el tenso silencio.
El carro fue convertido en un charco de plástico, volvió a la esencia, tal como predijo el muñeco bebé. Ahora sentía amor por su destino.
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